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Por: Valentina Gamaleri Nazha

Laura Manrique: rediseñar la moda desde el sistema, no desde la prenda

La circularidad propone dejar de pensar la moda como una suma de objetos para entenderla como un sistema interconectado, donde la consultora Laura Manrique plantea que el diseño debe anticipar no sólo el uso de una prenda, sino también su transformación, su duración y su continuidad dentro del sistema.

Con más de 14 años de experiencia en el sistema moda en América Latina y Europa, Laura Manrique trabaja acompañando marcas en procesos de innovación con foco en impacto social. Su práctica no se detiene en el producto final: interviene en la forma en que se piensa, se diseña y se proyecta cada prenda dentro de un sistema más amplio.
Desde su consultora de diseño consciente, LAUM Mindful Design Consulting, Laura trabaja la circularidad no como un agregado, sino como una forma de rediseñar el sistema desde adentro, integrando en cada decisión de diseño el uso, la duración y lo que va a pasar con la prenda cuando deje de circular.


Cortesía de Laura Manrique.

Cómo cambia el diseño cuando se incorporan los límites del material
Uno de los desplazamientos más claros en su mirada es la relación con los materiales. Ya no se trata de elegirlos por disponibilidad o costo, sino de entender su origen, su comportamiento y sus límites. En esa lógica, las comunidades tradicionales aparecen como referencia no por lo artesanal en sí, sino por la forma en que operan: conocen lo que tienen, lo usan con precisión y no parten de una idea de abundancia infinita.

Ese contraste deja en evidencia una de las tensiones del sistema actual: la industria sigue funcionando como si los recursos no tuvieran fin, mientras las regulaciones y el contexto ambiental exigen lo contrario. Trabajar con esas restricciones no reduce las posibilidades, sino que las redefine. La innovación se desplaza hacia cómo se estructura un material, cómo envejece, cómo se adapta a distintos usos y qué ocurre cuando deja de cumplir su función original.

Por qué extender la vida útil redefine el valor dentro del sistema moda
Pensar en circularidad implica correrse de la lógica del descarte. El foco ya no está en cómo desaparece un material, sino en cómo permanece. En ese sentido, extender la vida útil no es solo una cuestión ambiental, sino también estratégica. Una prenda que dura construye vínculo, y ese vínculo sostiene el valor en el tiempo.

Esto obliga a revisar una de las ideas más instaladas en la industria: que vender más depende de producir más. Frente a eso, aparecen otras posibilidades (reparación, mantenimiento, reventa) que amplían el ciclo sin depender del volumen. La trazabilidad entra en juego en ese punto, no como una promesa, sino como una forma de sostener lo que se comunica. Saber de dónde viene un material y qué recorrido tuvo deja de ser opcional cuando el sistema empieza a exigir coherencia.

“El mundo está lleno de ropa”: María Luisa Ortiz y el desafío de diseñar lo que sigue después

Pensar la moda desde la circularidad implica dejar de diseñar sólo para el uso inmediato y empezar a proyectar cada prenda como parte de un ciclo más amplio, y ahí es donde María Luisa Ortiz plantea que el diseño define no sólo cómo algo se ve, sino cómo se transforma, se sostiene en el tiempo y evita convertirse en residuo.

Diseñadora con más de 30 años de trayectoria, su recorrido atraviesa distintas etapas del sistema moda: desde la alta costura en Francia hasta su regreso a Colombia, donde su práctica fue desplazándose hacia proyectos sociales, trabajo con comunidades y procesos vinculados al reciclaje textil. María Luisa explica que ese movimiento no fue lineal, sino una reconfiguración progresiva de su forma de entender qué significa diseñar.
En ese recorrido, la prenda deja de ser el centro. Lo que empieza a importar es lo que la rodea: los materiales, las decisiones invisibles, las posibilidades de transformación. Diseñar ya no es solo resolver una necesidad estética, sino anticipar qué margen de vida va a tener eso que se produce.


Cortesía de María Luisa Ortiz.

Cómo se diseña una prenda pensando en que pueda volver a usarse después
En su práctica, el diseño se convierte en una instancia donde se toman decisiones que no siempre son visibles, pero que condicionan todo el ciclo posterior. Desde el patrón hasta la elección de materiales, cada detalle puede facilitar o bloquear una segunda vida.

Pensar en cómo se corta una tela, cuánto se desperdicia o si una prenda puede desmontarse sin dañar el material deja de ser un ajuste técnico para volverse parte central del proceso. Lo mismo ocurre con las fibras: optar por composiciones simples en lugar de mezclas complejas permite que ese material pueda reincorporarse más fácilmente al sistema.
Este tipo de decisiones no responden a una lógica estética inmediata, sino a una proyección. Lo que se define en el diseño determina si una prenda puede transformarse o si queda atrapada en un único uso.

Por qué el uso y la información también sostienen la circularidad
Una vez que la prenda existe, el sistema depende de lo que ocurre después. Ahí aparece uno de los desafíos más difíciles: que quien la usa se convierta en parte activa de ese recorrido.
Extender la vida útil no es automático, sino que requiere cuidado, reparación y, en muchos casos, un cambio en la forma de percibir el valor. Prendas que se heredan, que se transforman o que se mantienen durante años construyen una relación distinta con el consumo.

Para que eso suceda, la información cumple un rol central. Explicar de qué está hecha una prenda, qué opciones tiene cuando deja de usarse y cómo puede volver al sistema permite tomar decisiones más conscientes.La trazabilidad se vuelve clave en ese punto. Registrar el recorrido completo (desde el origen del material hasta su posible transformación) no solo respalda lo que se comunica, sino que habilita nuevas formas de uso. Desde esta perspectiva, la circularidad no se limita al diseño ni a la producción, sino que es un proceso que continúa en el tiempo y que depende de cada actor que forma parte del sistema.