La moda responsable también nos invita a mirar las historias, los conocimientos y el trabajo que existen detrás de cada pieza, y a preguntarnos cómo construir una indumentaria más justa y accesible.

Por: Maria Villacorta, Voz Mola Perú

Una prenda puede llevar la etiqueta de “sostenible”, estar hecha con una fibra valiosa y destacar el trabajo artesanal de una comunidad originaria; pero hay algo que esa etiqueta no nos cuentan: ¿las personas que hicieron posible esa prenda reciben un trato justo?

En América Latina, hablar de moda responsable implica mirar más allá de los materiales y del impacto ambiental. También significa conocer las condiciones en las que se produce la ropa, cómo se distribuyen sus beneficios y qué tan transparentes son las marcas. El problema es que, muchas veces, no tenemos suficiente información para saberlo.

Una encuesta de 2025 de la OCDE, realizada a 526 empresas de 26 países de América Latina y el Caribe, encontró que cerca de tres quintas partes no divulgaban públicamente información sobre sus procesos de debida diligencia en la conducta empresarial responsable. Aunque el estudio abarca distintos sectores, muestra por qué la transparencia importa; sin información suficiente, resulta difícil evaluar qué hay detrás de las promesas de una empresa.

En Perú, parte de esa información aparece en algo tan cotidiano como la etiqueta de una prenda, la Norma Técnica Peruana NTP 231.400.2015 de INACAL establece requisitos de etiquetado, incluida información sobre los materiales textiles. Sin embargo, conocer la composición no necesariamente nos dice de dónde viene la materia prima, quién confeccionó la prenda o bajo qué condiciones trabajó. Y cuando una marca utiliza palabras como “eco” o “sostenible”, también cabe preguntarse qué acciones respaldan esas afirmaciones. La Guía de Publicidad Ambiental de Indecopi aborda precisamente cómo evitar que los mensajes ambientales lleven a confusión a los consumidores.

Algunas comunidades mantienen vivas sus tradiciones textiles a través de técnicas de producción que aprovechan los recursos de su entorno. En 2023, el Ministerio del Ambiente presentó 14 emprendimientos textiles de comunidades nativas de cinco regiones, entre ellos iniciativas de mujeres que trabajan con algodón nativo y tintes naturales. Son experiencias que merecen visibilidad, pero también importa conocer cómo llegan al mercado, qué reconocimiento reciben sus creadoras y qué tan accesibles son sus productos.

La distribución de los beneficios adquiere otra dimensión en el caso de Loro Piana, marca de lujo que comercializa prendas de fibra de vicuña peruana. Una investigación de Bloomberg Businessweek reportó que un suéter podía venderse por unos $9 000, mientras que la comunidad de Lucanas recibía alrededor de $280 por una cantidad equivalente de fibra. Según el reportaje, el precio por kilo pasó de $420 en 2012 a $330 en 2022; el contrato reportado para 2023 fijaba $280. Además, un estudio de 2018 citado en la investigación encontró que el 80% de los habitantes consultados afirmaban no haberse beneficiado de esa actividad económica. Este caso no representa a toda la industria, pero sí plantea una cuestión importante, el valor comercial de un producto no siempre se traduce en beneficios equitativos para quienes contribuyen a producirlo.

Otro aspecto a considerar es el uso de las expresiones culturales de los pueblos originarios en la moda. En 2024, el Ministerio de Cultura se pronunció sobre una controversia relacionada con el arte Kené del pueblo Shipibo-Konibo, destacando su valor cultural e identitario. Cuando las marcas incorporan diseños y técnicas propias de estas comunidades es importante reconocer su origen, respetar a sus creadores y considerar el significado que tienen para quienes los transmiten de generación en generación. 

¿Cómo influyen nuestras decisiones de compra en la industria de la moda? Una investigación de la Universidad de Lima, basada en 385 consumidores de ropa de Lima Metropolitana, encontró una baja correlación entre la sostenibilidad empresarial y la decisión de compra; el fast fashion era el segmento más consumido entre las personas encuestadas. La moda también se mueve por tendencias, diseño, precio y deseo. Si las alternativas más responsables no conectan a nuestros gustos o tienen precios poco accesibles, optar por ellas se vuelve más complicado.

Avanzar hacia una moda más responsable requiere el compromiso de todos: marcas transparentes sobre sus procesos, instituciones que protejan los derechos de consumidores y comunidades, alternativas responsables que sean accesibles y atractivas. Al elegir una prenda, podemos ir más allá de su apariencia y preguntarnos qué hay detrás de ella y a quiénes beneficia su producción. Porque la moda no solo refleja nuestros gustos, sino que también puede ser una forma de expresar nuestros valores y contribuir a una industria más justa.

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