Por Cristina Rivas
En un mundo donde las prendas de vestir cruzan continentes antes de llegar a nuestras manos, una pregunta incómoda comienza a tomar fuerza: ¿quién hace nuestra ropa? En Latinoamérica, esta interrogante cobra especial relevancia ante la creciente presión global por conocer el origen de los productos y garantizar condiciones laborales dignas en toda la cadena de suministro.
Una industria que viste desigualdad
Latinoamérica es un actor clave en la industria global de la moda. Países como México, Honduras, El Salvador, Perú, Colombia y Brasil albergan cientos de fábricas textiles, muchas de ellas orientadas a la exportación. Estas plantas producen ropa para marcas reconocidas internacionalmente, pero detrás de las etiquetas se esconden realidades contrastantes: bajos salarios, largas jornadas y poca supervisión estatal.
El informe publicado en 2023 por la organización Business & Human Rights Resource Centre “El Salvador: Mujeres Transformando” revela que las trabajadoras de maquilas en El Salvador continúan enfrentando condiciones laborales sumamente precarias. Según el estudio, la mayoría de las obreras realiza jornadas que superan las ocho horas diarias, en ocasiones llegando hasta las 16 horas, especialmente en temporadas de alta demanda. El 94 % de las mujeres encuestadas afirma que su salario no corresponde con el tiempo y esfuerzo real invertido, mientras que muchas denuncian ambientes laborales hostiles, sanciones arbitrarias, falta de acceso a servicios básicos como agua o baños, y prácticas discriminatorias por razones de género. Estas condiciones no solo atentan contra su bienestar físico y emocional, sino que también limitan su desarrollo personal y profesional, perpetuando un ciclo de explotación y vulnerabilidad.
La trampa de la subcontratación
Uno de los mayores obstáculos para la transparencia es la subcontratación. Muchas marcas no producen directamente sus prendas, sino que externalizan a terceros, quienes a su vez delegan parte del proceso a talleres más pequeños. Esto dificulta el rastreo de las condiciones en las que se fabrican las prendas.
En Lima, Perú, se estima que más del 60% de la producción textil proviene del sector informal. En estos talleres, muchos de los cuales operan en viviendas particulares, es común encontrar trabajo infantil y escasa supervisión de normas de seguridad e higiene.
Trazabilidad: una herramienta aún incipiente
La trazabilidad es la capacidad de seguir el recorrido de una prenda desde su origen hasta el consumidor y es una herramienta clave para exigir responsabilidad a las marcas. Sin embargo, en Latinoamérica, su implementación es aún limitada.
Algunas iniciativas piloto, como la plataforma “Moda Sostenible” en Colombia o los sistemas de verificación implementados por ONGs en México, buscan mapear la cadena de suministro. No obstante, la falta de legislación regional y de voluntad por parte de las grandes marcas ha frenado avances significativos.
El rol del consumidor y la legislación
Expertos coinciden en que la presión social es uno de los motores más eficaces para impulsar cambios. En un artículo publicado en la Revista de Estudios Universitarios Centroamericanos (REUCA), Meraris C. López, investigadora de la UCA, advierte que muchas mujeres que trabajan desde sus hogares para maquilas textiles enfrentan formas de explotación que se asemejan a una “esclavitud moderna”. Señala que estas trabajadoras no tienen contratos formales, deben producir prendas en plazos muy cortos y reciben pagos tan bajos que ni siquiera alcanzan para cubrir una canasta básica.
Según López, “la invisibilización de estas trabajadoras impide que sean reconocidas como sujetas de derechos”, lo que agrava su vulnerabilidad frente a las cadenas de producción internacionales.
Además, los marcos legales aún son débiles. Solo Brasil ha implementado leyes contra el trabajo esclavo en el sector textil, aunque su aplicación es irregular. La región carece de normativas vinculantes que obliguen a las marcas a ser transparentes y responsables en toda su cadena de suministro.
Marcas que apuestan por la justicia laboral y la sostenibilidad
A pesar de los desafíos, diversas marcas latinoamericanas están liderando un cambio hacia prácticas más éticas y sostenibles. A continuación, se destacan algunas iniciativas ejemplares:
- Nicteel (Guatemala): Esta marca de slow fashion trabaja directamente con comunidades de artesanos indígenas, asegurando que cada prenda pueda ser rastreada hasta su lugar de origen. Nicteel no solo identifica quién teje cada pieza, sino que documenta el proceso artesanal a través de sus redes sociales y etiquetas informativas, fortaleciendo la trazabilidad cultural y humana del producto. Además, emplea materiales de origen local y natural, lo que facilita el seguimiento del insumo desde su fuente hasta la prenda final.

(Vía Instagram: @nicteelfashiongt)
- Alkimia Textil Ancestral (Argentina): Dirigida por Natalia Orozco, Alkimia trabaja con cooperativas y comunidades indígenas bajo esquemas de producción colaborativa. La marca promueve la trazabilidad al incluir información sobre los tintes naturales utilizados, su procedencia vegetal y las técnicas tradicionales aplicadas en cada colección. Su enfoque es descentralizado pero altamente documentado: cada pieza puede vincularse a un taller, a una comunidad y a un método ancestral.

(Vía Instagram: @alkimiatextilancestral)
- Maura Marti (Paraguay): Desde 2008, esta firma destaca por su trabajo directo con artesanos del interior del país, especialmente mujeres tejedoras que mantienen vivas técnicas como el ñandutí. Maura Marti promueve la trazabilidad mediante la documentación del origen de cada diseño artesanal, mencionando a los creadores y visibilizando el proceso en plataformas digitales. Si bien su trazabilidad no es tecnológica, sí es social y narrativa, conectando al consumidor con el origen cultural de cada producto.

(Vía Instagram: @martimaura)
- La Vestiduría (Uruguay): Fundada por Micaela González, con un enfoque ético, esta marca integra materiales orgánicos y reciclados en sus procesos, y detalla en sus canales de comunicación el origen de las telas utilizadas y los procesos involucrados. Además de donar un porcentaje de sus ingresos a proyectos sociales, promueve la trazabilidad a través del etiquetado consciente y la comunicación abierta con sus consumidores sobre el ciclo de vida de las prendas.

(Vía Instagram: @lavestiduria.uy)
- Versura (Colombia): Creada por Mariana Jacobo, Versura impulsa una trazabilidad circular: trabaja con recicladores urbanos para recolectar materiales de desecho, los cuales son transformados en nuevas prendas. Este proceso es trazable tanto en origen (residuos y su clasificación) como en transformación (talleres de confección y comunidades aliadas). La marca documenta sus acciones en redes y ofrece talleres de educación ambiental, generando conciencia sobre cada etapa de producción.

(Vía Instagram: @ver_sura)
- Pacatus (El Salvador): Esta marca apuesta por una trazabilidad certificada. Usa fibras naturales como lino y algodón con certificación European Flax, lo que garantiza su origen sostenible y libre de prácticas dañinas. Además, Pacatus trabaja en conjunto con mujeres salvadoreñas en talleres locales bajo condiciones éticas verificadas, lo que permite rastrear tanto la materia prima como la mano de obra involucrada. Su compromiso con la trazabilidad es técnico y social, buscando transparencia integral.

(Vía Instagram: @pacatuswear vestimenta de Pacatus + accesorios de Hebras de Mahi)
Hacia una moda más justa
La solución no es sencilla. Implica una combinación de voluntad política, presión ciudadana, regulación efectiva y compromiso empresarial. En un contexto donde la moda rápida prima por sobre la ética, América Latina enfrenta el reto de producir más eficiente y bajo mejores condiciones. Porque detrás de cada prenda hay una historia, y es hora de empezar a contarla.
Fuentes:
https://www.oxfam.org/es/263000-mujeres-explotadas-en-las-maquilas-de-centroamerica
https://www.dol.gov/agencies/ilab/country/ilab-peru
https://ecolover.life/blog/mola-fashion-week-moda-sostenible-latinoamerica/




